Pierre Anton en el ciruelo

Escrito por escaparemosbro 12-03-2018 en diario. Comentarios (0)

No escribo porque me avergüenza. No tengo nada que decir. Todo lo que diga es mentira, mi tristeza es infundada, falsa, líquida. No existe. Es un estadio transitorio y permanente que acaba y no acaba nunca porque empieza donde acaba. No puedo soportar la baja tasa de productividad de esta empresa que soy yo. Necesito el mundo porque he cruzado límites de pensamiento que no intuía ni que existieran y sigo guardándome secretos que susurran y que escondo a las palabras para que no se verbalicen. Mis verdades no se verbalizan. Soy una empresa y necesito el mundo para mi beneficio porque no se me ocurre otra forma de vivir que todo el mundo porque todo el mundo ya ocurrió en mi cabeza.

O acaricias lo mágico o le dejas que te ahogue.

Yo he convertido a personas en ideas a través de ritos hierofánicos que pestán pasando factura. Pasaron factura las horas contemplando lo sagrado plasmado en el techo de mi habitación a través de los ojos de Renton, abiertos y mirones en un poster blanco y negro sujeto por 4 chinchetas que encima son de colores y no consiguen otorgar el más mínimo valor estético al conjunto de parafernalia que se concentra en este espacio. Parafernalia. Lo sagrado, lo ideal; lo hice físico. He inventado mundos para escapar del mío y al final esos mundos se hicieron míos y no puedo salir. Porque últimamente no quiero escaparme de la cama, pero repito que todo esto es falso porque yo lo tengo todo y mi tristeza es infundada. Sólo tenía que dar un poco de mí para ser alguien y me gritan aún te sobra tiempo y yo no les grito porque me callo y me callo para ellos pero sobre todo para mí. Soy un niñato y no dejaré de serlo porque siempre he sido un cobarde. Ciertos días me refugio en enfermedades mentales aglutinando síntomas para echarle la culpa a otros (aquellos que dictan la sentencia, dan la máxima, yo la acato y la critico y la culpa es suya, ¡¡malditos doctores!!, quieren tenernos a todos drogados tío es una conspiración decía mientras se fumaba otro porro borracho hasta el culo) pero otros me crezco y de verdad me creo que la vida es un sepelio abarrotado de morbosos pujando un ataúd ocupado por un no-sé a la espera de recibir su parte de la herencia. No hay herencia para todos y empiezan las discusiones cuando no-sé ya no está de cuerpo presente. Yo miraba desde una azotea porque casualmente me encontraba allí y es entonces cuando crezco y creo que quizás todo tenga sentido momentáneamente porque al instante ya lo ha perdido, pero tengo buena memoria y soy capaz de recordarme que algo bueno ha pasado, y tengo que decirme ‘’acaba de pasar algo bueno’’ porque eso quizás lo recuerde pero la sensación jamás. No recuerdo ninguna sensación.

Llegados a este punto recordaré que mi tristeza es infundada y por lo tanto tengo el derecho a saltarme las comas y los signos de puntuación que considere oportunos porque al ser mi tristeza infundada nada de eso importa.

Me analizo en busca de ambiciones y encuentro hoy la necesidad vital de emprender un viaje a través de los desiertos de Asia Central, de casarme en Asjabad, la ciudad del amor, de pasar mi luna de miel en la parte más caliente del pozo de Darvanza también conocido como la puerta de la tristeza infundada. No la mía, la de todos aquellos que la padezcan. Explicaré ahora el juego de palabras que he utilizado; el pozo de Darvanza es en realidad conocido como la puerta al infierno y yo he hecho algo así como infierno=tristeza infundada porque todos los niñatos acomodados del mundo para los que nada es suficiente no pueden estar equivocados. Qué cojones digo. ¿Ves por qué da vergüenza lo que escribes? Claro que esos hijos de puta están equivocados y digo hijos de puta porque desde mi posición de partícipe puedo permitirme el lujo. Igual que cuando llamo hijos de puta a los gordos desde el tocino tóxico y cancerígeno que da forma a mi grasa abdominal. En verdad estoy gordo pero me follaba, yo a mi mismo no me dejaba pasar, me casaría porque soy un partidazo de la hostia aunque me emborrache de domingo a jueves. Y de Darvanza cruzar a Uzbekistán y pasear por Samarcanda y continuar a través del silencio de los desiertos de arena negra y roja y de las yustas de nómadas que me emborrachen con leche de camella fermentada. Un picotazo de la araña karakurt ahora me vendría tan bien. Aquí estoy, en mi habitación rodeado de todo lo que necesito multiplicado por mil y deseando mi muerte a través de venenos arácnidos sin remedios conocidos que en este preciso instante causan la muerte a un niño de Turkmenistán y mientras escribía Turkmenistán se ha muerto otro en lo más profundo de Uganda porque su padre le vio besarse con su amigo y joder ahora mismo un ser humano, es decir, alguien de mi especie, alguien que podría ser yo, está matando a sangre fría sin razón esclarecida.

Me he cansado ya. Soy un egoísta. Total. Nada ha cambiado desde que empecé a escribir y nada va a cambiar, aunque escriba, porque yo no tengo nada que decir. Encima releo y es malísimo. Yo que me pensaba profundo no soy capaz ni de chapotear en esta forma de violencia que es el lenguaje. Lejos de toda invectiva, lejos de todo, por tanto. Me avergüenzo. Y como me avergüenzo me callo y dejo que esto siga hasta reunir las agallas de Alejandra o hasta que explote sólo porque ya no cabe más.

Entonces la tristeza no será tan infundada.